La Gran Tribulación
Dr. Pedro A. Ricart Reyes
Para la mayoría de nosotros, y me incluyo, presentar una conferencia científica puede provocarnos un gran desasosiego.
Sin embargo, la habilidad para realizar una presentación audiovisual esmerada enfrente de un auditorio de colegas, es una destreza esencial que es indispensable para alcanzar una carrera profesional de éxito. La comunicación oral sigue siendo una de las vías más efectivas por medio de la cual se intercambia información y somos introducidos a nuevos puntos de vista del conocimiento científico.
La habilidad para presentar una conferencia bien estructurada a menudo determina nuestra reputación profesional y nuestro éxito futuro. La percepción de una defensa de tesis o de una conferencia en un congreso o en seminario científico depende en gran medida de la oratoria del dictante. Todos conocemos al genio de un hablar monótono, como si fuera el zumbido de una abeja, que nos ofrece en una voz sin ningunas variaciones en el tono, volumen o énfasis y peor aún, sin ninguna emoción o inspiración, un monólogo dirigido directamente hacia la pantalla de proyección; un trabajo potencialmente brillante pasa delante de nosotros y al mismo tiempo cerramos los ojos y dormitamos en los brazos de Morfeo.
Todos nosotros reconocemos al molesto dictante que pasa rápidamente centenares de diapositivas una detrás de la otra y que ya lleva 20 minutos fuera del tiempo que le fue asignado, mientras que el auditorio lentamente se va saliendo del salón, dejando solamente al dictante, a su presentador y a los técnicos encargados de la proyección y del sonido. Todos recordamos esos cursos o seminarios que nos parecían una pérdida de tiempo, debido a que el dictante no dejó ni siquiera claro sobre lo que estaba hablando.
Las conferencias, cursos, seminarios, presentaciones científicas, como quiera que usted las llame, que sean verdaderamente memorables ocurren muy raras veces; pero cuando asistimos a una realmente memorable, efectiva e impactante, pareciera que compensa aquellas aburridas, somníferas y divagantes infligidas a nuestras mentes durante los cursos o congresos y por lo regular cuando asistimos a cátedras universitarias donde el profesor no se ha tomado la molestia de preparar mínimamente su clase.
Un académico simpático, articulado y entretenido, que reta nuestros intereses y proyecta entusiasmo hacia su auditorio, nos abre un mundo de placer intelectual. La historia fascinante que nos narra el dictante nos mantiene hechizados, como los niños cuando escuchan por primera vez un cuento de hadas. Un talentoso profesional que al mismo tiempo es un charlista habilidoso es como un general cuando arenga a sus tropas. Particularmente estoy agradecido de aquellos dictantes y maestros que de sus charlas, conferencias y cursos he aprendido tanto y me he beneficiado grandemente no solamente del qué sino del cómo.
